Moby Dick
Moby Dick (La cabina por las ventanas de popa; Ajab sentado solo,
y observando hacia el exterior.)
Dejo una estela túrbida y blanca; pálidas aguas, aún más pálidas mejillas, dondequiera que navego. Las envidiosas olas se abultan a los lados para sumergir mi rastro: que lo hagan; pero, antes, yo paso.
Allá a lo lejos, en el borde de la copa que siempre rebosa, las cálidas olas se sonrojan como el vino. La frente de oro sondea el azul. El Sol que cae hacia el agua —ha ido cayendo lentamente desde el mediodÃa— se hunde; ¡mi alma remonta!, se fatiga en su inacabable montaña. ¿Es acaso entonces la corona que porto demasiado pesada, esta corona de hierro de LombardÃa? Pero brilla con abundancia de gemas. Yo, el portador, no veo sus reflejos, que lejos alcanzan; mas siento tenebrosamente que porto eso que de manera deslumbrante confunde. Es hierro —que yo sepa—, no oro. Está rota… eso lo noto; su borde cortante me llaga de tal manera que mi cerebro parece palpitar contra el sólido metal; sÃ, cráneo de acero el mÃo, ¡de los que no necesitan casco en la mayor pelea a machaca-cerebros!
