Moby Dick
Moby Dick —Ahà está otra vez… ¡Ahà está!… ¡Ahora suena como si dos o tres que duermen se dieran la vuelta!
—¡Caramba!. Para ya, compañero, ¿quieres? Son los tres bizcochos remojados que comiste para cenar, que se revuelven en tus adentros… Nada más. ¡Atento al balde!
—Di lo que quieras, compañero; yo tengo oÃdo fino.
—SÃ, tú eres ese tipo, ¿no eres tú?, el que escuchó el zumbido de las agujas de hacer punto de la vieja cuáquera a cincuenta millas de Nantucket mar adentro: ése eres tú.
—Carcajéate; ya veremos qué pasa. Tú escucha, Cabaco, hay alguien abajo, en la bodega de la despensa, al que todavÃa no se le ha visto en cubierta; y sospecho, además, que nuestro viejo mogol sabe algo al respecto. En una guardia de alba escuché a Stubb decirle a Flask que algo de ello habÃa en el aire.
—¡Chsst! ¡El balde!