Moby Dick
Moby Dick —¡Chsst! ¿Has oÃdo ese ruido, Cabaco?
Era la guardia de media: buena luz de luna; los marineros formaban hilera, que se extendÃa desde los toneles del agua potable del combés, hasta el tonel del escotillón, cerca del coronamiento. De esta manera pasaban los baldes para llenar el tonel del escotillón. Situados en su mayor parte sobre los sagrados lugares del alcázar, tenÃan cuidado de no hablar o arrastrar los pies. De mano en mano iban los baldes en el más profundo de los silencios, sólo roto por el ocasional ondear de una vela y el incesante zumbido de la quilla al avanzar.
Fue en medio de esta quietud que Archy, uno de los de la hilera, cuyo puesto estaba cerca de los cuarteles de popa, susurró a su vecino, un cholo, las anteriores palabras.
—¡Chsst! ¿Has oÃdo ese ruido, Cabaco?
—Agarra el balde, ¿quieres, Archy? ¿Qué ruido dices?
—Ahà está otra vez… bajo los cuarteles… ¿No lo oyes…? Una tos… sonaba como una tos.
—¡Condenada sea la tos! Pasa ese balde de vuelta.
—Ahà está otra vez… ¡Ahà está!… ¡Ahora suena como si dos o tres que duermen se dieran la vuelta!
