Moby Dick

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48. La primera arriada

Los fantasmas, pues eso entonces parecían, iban de aquí para allá al otro lado de la cubierta, y con callada celeridad soltaban los aparejos y las cinchas de la lancha que allí colgaba. Esta lancha siempre ha sido considerada una de las lanchas de reserva, aunque técnicamente se la llama «la del capitán» debido a que cuelga en la aleta de estribor. La figura que ahora estaba en su popa era alta y oscura, con un diente blanco asomando malignamente entre sus acerados labios. Una arrugada chaqueta china de algodón negro le revestía fúnebremente, con amplios pantalones negros del mismo oscuro material. Pero, coronando extrañamente esta ebenaceidad, había un refulgente y plisado turbante blanco, el pelo vivo, trenzado y arrollado una y otra vez en rededor de su cabeza. Los compañeros de esta figura, menos oscuros de aspecto, eran de esa vital complexión amarillo-tigre peculiar de algunos de los nativos aborígenes de las Manilas… Una estirpe notoria por un cierto demonismo de sutileza, y que para algunos honestos marineros blancos es sospechosa de ser en el agua la espía a sueldo y secreta agente confidencial del Diablo, su señor, cuya contaduría supone está en otro lugar.

Mientras la sorprendida compañía del barco estaba aún observando fijamente a estos extranjeros, Ajab le grito al hombre tocado de turbante que los encabezaba:

—¿Todo listo, Fedallah?


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