Moby Dick

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—¿No podéis apretujar eso para que sea más corto? —dijo Flask—. Sí, ésa es la ley. Me gustaría ver a la tripulación de una lancha dejando agua atrás hacia una ballena con la cara de frente. ¡Ja, ja!, la ballena les devolvería la mirada, ¡tened eso en cuenta!

Aquí entonces tenía, de tres testigos imparciales, una meditada declaración de todo el caso. Considerando, por tanto, que los turbiones, como el volcar en el agua y las consecuentes acampadas en el piélago, eran asuntos de normal contingencia en este tipo de vida; considerando que en el superlativamente crítico instante de avanzar hacia la ballena debía poner mi vida en manos de aquel que gobernaba la lancha… a menudo un tipo que en ese mismo momento, en su impetuosidad, está a punto de perforar la embarcación con sus frenéticos pisotones; considerando que el particular desastre de nuestra propia particular lancha debía ser principalmente imputado a que Starbuck se había lanzado sobre su ballena casi en los dientes de un turbión, y considerando que Starbuck, no obstante, era famoso en esta pesquería por su gran prudencia; considerando que yo pertenecía a la lancha de este singularmente juicioso Starbuck; y, finalmente, considerando en qué endiablada cacería estaba inmerso, refiriéndome a la ballena blanca; tomando todo esto conjuntamente, digo, pensé que bien podría ir abajo y hacer un borrador de mi testamento.

—Queequeg —dije yo—, ven conmigo, serás mi abogado, mi fiduciario y mi legatario.


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