Moby Dick

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Mas sea todo esto como fuere, lo cierto es que mientras que los subordinados fantasmas pronto encontraron su lugar entre la tripulación, sin embargo, como que aun en cierto modo fuera distinto de ellos, aquel Fedallah de capilar turbante siguió siendo, no obstante, un enmudecido misterio hasta el final. De dónde vino a un mundo cortés como éste, por qué especie de inefable lazo pronto se manifestó unido al peculiar destino de Ajab; y no sólo eso, incluso al punto de tener alguna clase de medio insinuada influencia (sabe Dios, podría hasta haber sido autoridad sobre él), todo esto nadie lo sabía. Pero uno no podía mantener un aire indiferente en lo referente a Fedallah. Era una criatura como las que la gente civilizada y doméstica de las zonas templadas sólo ve en sus sueños, y eso apenas vagamente; pero de la clase de esas que de cuando en cuando se deslizan por entre las inamovibles comunidades asiáticas, especialmente las islas orientales al este del continente… Esos países aislados, inmemoriales e inalterables, que incluso en estos modernos días todavía preservan mucho de la espectral aboriginalidad de las primigenias generaciones de la tierra, cuando la memoria del primer hombre era un nítido recuerdo, y todos los hombres, sus descendientes, se miraban unos a otros como auténticos fantasmas, ignorantes de dónde venían, y preguntaban al sol y a la luna por qué habían sido creados y para qué fin; cuando, aunque según el Génesis, los ángeles entablaban, de hecho, relación con las hijas de los hombres, también los demonios, añaden los rabinos no canónicos, se entregaban a amores mundanos[69].


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