Moby Dick

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»El lagonero patrullaba ahora la barricada sin perder ojo a la vez al capitán, y profiriendo sentencias similares a éstas: “No es nuestra culpa, no lo queríamos; le dije que apartara su maza; era cosa de niños; debería haberme conocido de antes; le dije que no pinchara al búfalo; me parece que aquí me he roto un dedo contra su maldita mandíbula; ¿no están esas cuchillas de trinchar abajo en el castillo, muchachos?; cuidado con esos espeques, queridos. Capitán, por Dios, cuídese a sí mismo; diga lo que tiene que decir; no sea un loco, olvídelo todo, estamos dispuestos a entregarnos; trátenos razonablemente y somos sus hombres; pero no nos dejaremos azotar”.

»“¡Al trabajo! No hago promesas. ¡Al trabajo, digo!”

»“¡Atended, entonces!”, gritó el lagonero, extendiendo su brazo hacia él, “Entre nosotros hay unos cuantos (y yo soy uno de ellos) que nos hemos embarcado sólo a travesía; ahora bien, como usted bien sabe, señor, podemos exigir nuestra licencia tan pronto como el ancla esté echada; así que no queremos pelea, no nos interesa; queremos ser pacíficos; estamos dispuestos a trabajar, pero no dejaremos que nos azoten”.

»“¡Al trabajo!”, bramó el capitán.


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