Moby Dick
Moby Dick Vadeando lentamente las praderas de copépodo, el Pequod aún mantenía su rumbo noreste hacia la isla de Java; un gentil viento impelía su quilla, de manera que, en la serenidad circundante, sus tres altos mástiles, inclinados se balanceaban suavemente en esa lánguida brisa, como tres tiernas palmeras en una planicie. Y todavía, a largos intervalos en la plateada noche, se avistaba el solitario e incitante surtidor.
Pero una transparente mañana azul, cuando se extendía sobre el mar una quietud casi preternatural, en modo alguno asociada a una estancada calma; cuando el largo reflejo del sol, bruñido en las aguas, semejaba un dedo dorado que posado sobre ellas imponía un cierto sigilo; cuando las escurridizas olas susurraban unas a otras en su blando discurrir; en este profundo silencio de la esfera visible, un extraño espectro fue visto por Daggoo desde el tope del mayor.