Moby Dick
Moby Dick Gobernando hacia el nordeste desde las Crozets, nos topamos con vastas praderas de copépodo, la diminuta sustancia amarilla de la que en gran parte se alimenta la ballena franca. Durante leguas y leguas ondeó a nuestro alrededor, de manera que parecíamos estar navegando por ilimitados campos de maduro y dorado trigo.
Al segundo día se avistaron muchas ballenas francas, las cuales, a salvo del ataque de un ballenero del cachalote como el Pequod, nadaban lentamente con sus mandíbulas abiertas a través del copépodo, que, adhiriéndose a las vellosas fibras de esa maravillosa persiana veneciana de sus bocas, era de ese modo separado del agua que escapaba por sus labios.
Como matutinos segadores, que lado a lado, lenta y rebullentemente adelantan sus hoces entre la crecida hierba húmeda de fangosas praderas, del mismo modo nadaban estos monstruos, haciendo un extraño y frondoso sonido cortante; y dejando tras de sí inacabables franjas de azul sobre el mar amarillo[79].
