Moby Dick
Moby Dick Mas, por ahora, Stubb no prestaba atención al mordisquear del banquete que se estaba celebrando tan cerca de él, lo mismo que los tiburones no prestaban atención al relamer de sus epicúreos labios.
—¡Cocinero, cocinero!… ¿Dónde está ese viejo Fleece? —gritó al final, abriendo aún más las piernas, como para formar una base más firme para su cena; y lanzando al mismo tiempo su tenedor al plato, como si estuviera clavando con su lanza—; ¡cocinero, eh, cocinero!… ¡Cocinero, navega hacia aquÃ!
El viejo negro, no muy contento, al haber sido levantado previamente de su cálido coy a una muy inoportuna hora, vino desde su cocina arrastrando los pies, pues, como ocurre con muchos viejos negros, algo le ocurrÃa en sus choquezuelas, que no las tenÃa tan pulidas como sus cazuelas; este viejo Fleece, tal como le llamaban, vino con indolente y renqueante paso, ayudándose en el andar con sus tenazas, que de tosca manera habÃan sido fabricadas de cinchos de hierro enderezados; este viejo Ébano se acercó tambaleándose, y en obediencia a la voz de mando se detuvo en el lado opuesto del aparador de Stubb; momento en el que, con ambas manos recogidas ante sÃ, y descansando en su bastón de dos patas, inclinó su arqueada espalda todavÃa más, ladeando su cabeza al mismo tiempo, como para activar su mejor oÃdo.