Moby Dick

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64. La cena de Stubb

La ballena de Stubb había sido muerta a cierta distancia del barco. El tiempo estaba en calma; así que, formando un tándem de tres lanchas, comenzamos la lenta tarea de remolcar el trofeo hasta el Pequod. Y ahora, mientras nosotros, dieciocho hombres, con nuestros treinta y seis brazos, y ciento ochenta dedos, lentamente bregábamos hora tras hora con ese inerte e inmóvil cuerpo en el mar, apenas parecía moverse en modo alguno, excepto a largos intervalos, con lo que una buena evidencia se daba de la enormidad de la masa que movíamos. Pues sobre el gran canal de Hang-Ho, o como quiera que lo llamen, en China, cuatro o cinco porteadores arrastran desde el sendero un voluminoso junco de carga a razón de una milla cada hora; mas este grandioso buque que nosotros remolcábamos avanzaba pesadamente, como si estuviera cargado en su mayor parte con pellas de plomo.

La oscuridad llegó; pero tres luces de arriba abajo en la jarcia del mayor del Pequod veladamente nos guiaban; hasta que acercándonos vimos a Ajab dejando caer una de varias linternas adicionales sobre las amuradas. Observando durante un momento con expresión ausente la ballena remolcada, dio las órdenes usuales para la noche, y entregándole entonces su linterna a un marinero, se fue camino de la cabina, y no volvió a salir hasta por la mañana.


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