Moby Dick
Moby Dick Al entrar en el inmueble con tejado a dos aguas de la Posada del Surtidero, te encontrabas en un amplio y destartalado zaguán de poca altura, con anticuados zócalos de madera que a uno le recordaban las amuradas de algún viejo navío desahuciado. A un lado colgaba una pintura al óleo muy grande, tan ahumada y en todo modo deteriorada, que bajo las desiguales luces opuestas con las que la veías, sólo a través de un diligente estudio y de una serie de visitas sistemáticas, y de detallada consulta a los residentes, podías de alguna manera llegar a una comprensión de su propósito. Unas inexplicables masas de penumbras y sombras tales, que inicialmente casi pensabas que algún ambicioso joven artista, en la época de las arpías de Nueva Inglaterra, se había propuesto plasmar el caos embrujado. Mas a fuerza de mucha y sesuda contemplación, y de ponderaciones frecuentemente repetidas, y sobre todo abriendo de par en par la pequeña ventana hacia la parte posterior del zaguán, al final llegabas a la conclusión de que tal idea, por muy estrafalaria que fuera, podría no estar del todo injustificada.
