Moby Dick
Moby Dick ¡Ahí tenéis un bien lúgubre y burlón funeral! Los buitres marinos todos en piadoso duelo, los tiburones aéreos todos puntillosamente de negro o moteados. En vida apenas unos pocos de ellos, presumo, habrían ayudado a la ballena si por ventura lo hubiera necesitado; pero al banquete de este funeral muy piadosamente se abalanzan. ¡Oh, horrible buitreidad de la tierra, de la que ni la más poderosa de las ballenas se libra!
Tampoco es éste el final. Profanado como está el cuerpo, un fantasma vengativo sobrevive y planea sobre él para atemorizar. Observado desde lejos por algún tímido buque de guerra o patoso navío de exploración, cuando la distancia que oscurece las revoloteantes aves todavía muestra, sin embargo, la masa blanca flotando al sol, y los blancos rompientes alzándose bien arriba contra ella; inmediatamente el inofensivo cadáver de la ballena es apuntado en el cuaderno de bitácora con dedos temblorosos… Bajíos, rocas y rompientes aquí cerca: ¡cuidado! Y durante años después los barcos evitan el lugar; saltando sobre él como estúpidas ovejas sobre la nada, porque la primera del rebaño inicialmente saltó allí cuando se sujetó un palo. Ahí tenéis vuestra ley de los precedentes; ahí vuestra utilidad de las tradiciones; ¡ahí la historia de vuestra obstinada supervivencia de viejas creencias, que nunca pusieron pie en tierra y que ahora ni siquiera rondan en el aire! ¡Ahí vuestra ortodoxia!