Moby Dick
Moby Dick —Bueno, ya ves, el viejo está muy empecinado tras esa ballena blanca, y el diablo está ahà tratando de convencerle, y hacerle intercambiar su reloj de plata, o su alma, o algo similar, y entonces él le rendirá Moby Dick.
—¡Bah! Estás diciendo tonterÃas, Stubb; ¿cómo puede Fedallah hacer eso?
—No lo sé, Flask, pero el Diablo es un sujeto curioso, y malvado, te lo digo. Mira, cuentan de cómo una vez fue a orearse por el viejo buque insignia, meneando su rabo con demonÃaca gentileza y caballerosidad, e inquiriendo si el viejo patrón estaba en casa. Bien, en casa estaba, y preguntó al Diablo qué deseaba. El Diablo, moviendo sus pezuñas, se encara y dice: «Quiero a John». «¿Para qué?», dice el viejo patrón. «¿Acaso es asunto suyo?», dice el Diablo, enfadándose. «Llévatelo», dice el patrón… Y por Dios, Flask, que si el Diablo no le contagió el cólera asiático a John antes de acabar con él, me como esta ballena de un bocado. Pero, atentos… ¿TodavÃa no estáis listos ahÃ? Bien, bogad adelante entonces, y pongamos la ballena al costado.
—Me parece que recuerdo una historia como esa que estabas contando —dijo Flask cuando finalmente las dos lanchas estaban avanzando con su carga hacia el barco—, aunque no puedo recordar de qué.
—¿Tres españoles? ¿Aventuras de esos tres sanguinarios soldados?. ¿La leÃste, Flask? Yo dirÃa que sÃ.