Moby Dick
Moby Dick —¡Eso le abrió la espita! –grita Stubb–. ¡Es el inmortal cuatro de julio; todas las fuentes deben manar vino hoy! ¡Ojalá que fuera whisky de Orleans, o del Ohio, o del inefable viejo Monongahela!. ¡Entonces, Tashtego, amigo, te harÃa que pusieras un pocillo en el surtidor, y lo pasarÃamos entre nosotros! ¡SÃ, ciertamente, arriba el ánimo, haremos un exquisito ponche allà en el hueco de su orificio surtidor, y en esa ponchera viva nos deleitaremos con la viva substancia!
Una y otra vez, al son de tal vivaracha perorata, se repite el diestro lanzamiento, la pica volviendo a su dueño como un galgo sujeto a una diestra traÃlla. La ballena agonizante se estremece; la estacha se afloja, y el volteador, volviéndose a popa, se cruza de manos, y calladamente observa cómo el monstruo muere.