Moby Dick

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Si afirmara que en cualquier criatura la respiración no es nada más que una función indispensable para la vitalidad, en tanto que obtiene del aire cierto elemento que al ser posteriormente puesto en contacto con la sangre imparte a ésta su principio vivificante, no creo que me equivocara; aunque es posible que emplee algunos términos científicos superfluos. Aceptadlo así, y se deduce que si un hombre pudiera airear toda su sangre con una sola inhalación, podría entonces sellar sus orificios nasales y no volver a respirar durante bastante tiempo. Es decir, que entonces viviría sin respirar. Por muy anómalo que pueda parecer, esto es precisamente lo que ocurre con la ballena, que vive sistemáticamente, a intervalos, su buena hora y más (cuando está en el fondo), sin efectuar una sola respiración ni inhalar en ningún modo partícula alguna de aire; pues, recordad, no tiene branquias. ¿Cómo es esto? Entre sus costillas y a ambos lados de su espina dorsal posee un intrincado laberinto cretense de vasos similares a fideos, los cuales, cuando abandona la superficie, están completamente expandidos con sangre oxigenada. De manera que durante una hora o más, a mil brazas dentro del mar, transporta en ella unas existencias excedentes de vitalidad, lo mismo que el camello que cruza el seco desierto transporta unas existencias excedentes de bebida para uso futuro en sus cuatro estómagos suplementarios. La prueba anatómica de este laberinto es incontestable; y que la suposición fundada en ella sea racional y cierta me parece aún más convincente cuando considero la obstinación de ese leviatán, no explicable de ninguna otra forma, por echar fuera sus chorros, como lo expresan los pescadores. Es esto lo que quiero decir. Si no se le molesta, al salir a la superficie, el cachalote continuará en ella durante un periodo de tiempo exactamente igual al del resto de sus pacíficas emersiones. Digamos que está once minutos y resopla setenta veces, es decir, efectúa setenta respiraciones; entonces, siempre que vuelva a emerger, se asegurará de volver a efectuar de nuevo sus setenta respiraciones, al minuto. Pero si, tras respirar varias veces, se le alarma, y se sumerge, siempre volverá a surgir por otra parte para completar su ración de aire. Y hasta que no se cuenten esas setenta respiraciones, no volverá finalmente a sumergirse para ausentarse abajo su ciclo completo. Observad, no obstante, que en distintos individuos estos intervalos son diferentes; aun cuando en cada uno sean iguales. Ahora bien, ¿por qué la ballena insistiría en soltar sus chorros a no ser que fuera para renovar sus reservas de aire antes de descender definitivamente? Cuán evidente es también que esta necesidad de emerger de la ballena la expone a todos los fatales peligros de la caza. Pues ni con anzuelo ni con red podría este enorme leviatán ser capturado mientras navega mil brazas por debajo de la luz solar. ¡No es tanto vuestra destreza, entonces, oh cazador, sino las necesidades primordiales, las que os otorgan la victoria!


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