Moby Dick

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Mas suponiendo que el invasor de la dicha doméstica se haga a un lado en el primer embate del señor del harén, entonces resulta muy entretenido observar a este señor. Gentilmente introduce su enorme cuerpo entre ellas de nuevo, y allí, aun en la amenazante vecindad del joven donjuán, se refocila un rato, como el piadoso Salomón orando devotamente entre sus mil concubinas. Siempre que haya otras ballenas a la vista, raramente darán caza los pescadores a uno de estos grandes turcos; pues estos grandes turcos son derrochadores de su fuerza, y por tanto su untuosidad es pequeña. Por lo que respecta a los hijos e hijas que engendran, bueno, esos hijos e hijas deben cuidarse por sí mismos; o, al menos, sólo con la ayuda materna. Pues como ciertos otros omnívoros amantes nómadas que podrían nombrarse, a mi señor ballena no le agrada la crianza, por mucho que le agrade el tocador de las damas; y así, al ser un gran viajero, deja a sus anónimos niños por todo el mundo; cada niño un extraño. Con el tiempo, sin embargo, al declinar el ardor de la juventud; al aumentar los años y las penas; al impartir la reflexión sus solemnes pausas; en breve, cuando una general lasitud alcanza al saciado turco, entonces un amor a la tranquilidad y a la virtud suplanta al amor por las doncellas; nuestro otomano entra en la etapa impotente, penitente y admonitoria de la vida, renuncia, desbanda el harén y, convertido en un alma ejemplar y malhumorada, pasea solo entre meridianos y paralelos, diciendo sus oraciones y advirtiendo a todos los jóvenes leviatanes sobre sus amorosos errores.


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