Moby Dick

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Advirtiendo todo esto, Stubb presagió buenos resultados para su plan y, volviéndose al de Guernsey mantuvo con él una pequeña charla, durante la cual el oficial extranjero expresó su aborrecimiento al capitán, como engreído ignaro que les había metido a todos en tan desagradable y ruinoso embrollo. Sondándole cuidadosamente, Stubb percibió, además, que el de Guernsey no albergaba la menor sospecha referente al ámbar gris. Por tanto, se mantuvo callado en ese sentido, aunque por lo demás fue franco y leal con él, de manera que los dos rápidamente elaboraron una pequeña estrategia para soslayar al capitán, y también para burlarse de él sin que ni siquiera soñara desconfiar de su sinceridad. Según este pequeño plan suyo, el de Guernsey, bajo la apariencia de una misión de intérprete, iba a decirle al capitán lo que se le ocurriera, pero como si viniera de Stubb; y, por su parte, Stubb iba a soltar durante la entrevista cualquier despropósito que se le viniera a la cabeza.

Para entonces, la víctima que les estaba destinada surgió de la cabina. Era un hombre pequeño y de tez oscura; aunque de apariencia bastante delicada para un capitán de barco, tenía, sin embargo, grandes patillas y bigote; y llevaba un chaleco rojo de terciopelo de algodón, con sellos de reloj en su costado. Este caballero fue presentado ahora educadamente a Stubb por el de Guernsey, que de manera inmediata adoptó ostentosamente actitud de hacer de intérprete entre ellos.


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