Moby Dick
Moby Dick Ya se ha relatado cómo el gran leviatán es avistado a lo lejos desde el tope; cómo es cazado sobre los acuáticos páramos y muerto en los valles de las profundidades; cómo es entonces remolcado al costado y decapitado; y cómo (según el principio que otorgaba al gobernante de la Antigüedad el derecho a las prendas en las que el decapitado era muerto) su gran sobretodo acolchado resulta propiedad de su verdugo; cómo, a su debido tiempo, es condenado a las calderas, y al igual que Sadrac, Mesac y Abednegó, su aceite de esperma y su hueso pasan indemnes a través del fuego… Mas ahora resta por concluir el último capÃtulo de esta parte de la descripción, ensayando —cantando, si se me permite— el romántico procedimiento de verter su aceite en los toneles y de bajarlos a la bodega, donde de nuevo el leviatán regresa a sus nativas profundidades, sumergiéndose bajo la superficie como antes; aunque, ¡ay!, para no emerger ni resoplar jamás.
