Moby Dick

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El barco bautizado en su nombre era digno del honor, al ser una nave de navegación rápida y noble en todo aspecto. Yo subí a bordo de él una medianoche en algún lugar de las aguas de la costa de la Patagonia, y bebí un buen flip[126] abajo, en el castillo. Fue un buen gam el que mantuvimos, y todos eran buena gente… todos los de a bordo. Corta vida para ellos, y una alegre muerte. Y ese buen gam que mantuvimos —después, mucho después de que el viejo Ajab tocara sus planchas con su talón de marfil— me trae a la mente la noble, sólida hospitalidad sajona de aquel barco; y que me perdone mi párroco, y que me recuerde el Diablo, si alguna vez la dejo de tener presente. ¿Flip? ¿Dije que tomamos flip? Sí, y lo aventamos a una media de diez galones por hora[127]; y cuando llegó el temporal (pues allí, por la Patagonia, hay frecuentes temporales), y todos los tripulantes —visitantes incluidos— fuimos llamados a tomar rizos en las gavias, estábamos tan cargados que tuvimos que bascularnos unos a otros hacia arriba, en las bolinas; y sin darnos cuenta aferramos los faldones de nuestras zamarras dentro de las velas, de manera que allí quedamos colgados, bien sujetos en medio del aullante temporal, una ejemplar advertencia para todos los marineros borrachos. No obstante, los mástiles no se fueron por la borda; y poco a poco fuimos capaces de bajar, tan sobrios que tuvimos que pasar de nuevo el flip, aunque la brutal rociada salada que caía por el escotillón del castillo lo diluía y lo encurtía más bien demasiado para mi gusto.


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