Moby Dick

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4. El cubrecama

Cuando a la mañana siguiente me desperté al comenzar a clarear, encontré el brazo de Queequeg tirado sobre mí del más cariñoso y afectivo de los modos. El cubrecama era de retacería, lleno de singulares cuadraditos y triangulitos multicolores; y este brazo suyo tatuado por todos lados con una interminable figura de laberinto de Creta, de la cual ni dos zonas eran de un solo exacto matiz… debido, supongo, a que en el mar mantenía el brazo desordenadamente a sol y sombra, sus mangas de camisa irregularmente recogidas a distintas horas… este mismo brazo suyo, digo, parecía enteramente como una tira de esa misma colcha de retacería. De hecho, descansando sobre ella parcialmente, tal como el brazo estaba al despertarme, apenas podía distinguirlo de la colcha, así de bien combinaban sus tonalidades; y únicamente gracias a la sensación de peso y presión podía reconocer que Queequeg me estaba abrazando.







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