Moby Dick

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Y, en efecto, poco de sorprendente había en que a pesar de toda su enajenada temeridad dominante, Ajab prestara a veces cuidadosa atención a la condición de ese hueso muerto sobre el que parcialmente se sustentaba. Pues no fue mucho antes de que el Pequod zarpara de Nantucket, que una noche se le encontró tendido boca abajo en el suelo, e insensible; su extremidad de marfil, a causa de algún desconocido y aparentemente inexplicable e inimaginable accidente, se había desplazado con tanta violencia, que a modo de estaca había golpeado y casi perforado su entrepierna; y no había sido sin extrema dificultad que la dolorosísima herida había resultado completamente curada.











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