Moby Dick

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—Verdaderamente, señor, empiezo a entender un tanto ahora. Sí, he escuchado algo curioso sobre eso, señor; cómo un hombre desarbolado nunca pierde enteramente la sensación de su viejo mástil, sino que a veces todavía le pica. ¿Puedo humildemente preguntar si así es en realidad?

—Lo es, marinero. Observad, poned vuestra pierna viva en el lugar donde una vez estuvo la mía; así: ahora, para el ojo sólo hay aquí una única pierna, aunque dos para el alma. Donde vos sentís cosquilleante vida, ahí, exactamente ahí, ahí, hasta el último pelo, la siento yo. ¿Es un acertijo?

—Yo humildemente lo llamaría un enigma, señor.

—Escuchad, entonces. ¿Cómo sabéis que algo completo, vivo, pensante, puede no estar invisible e ininterpenetrantemente, exactamente donde vos estáis ahora; sí, y estar ahí a pesar de vos? ¿No teméis, entonces, que en vuestras horas más solitarias os escuchen? Deteneos, ¡no habléis! Y si yo todavía siento el dolor de mi pierna masticada, aunque hace ya tanto esté deshecha; entonces, ¿por qué no vais vos, carpintero, a sentir los feroces dolores del Infierno para siempre y sin cuerpo? ¡Ja!

—¡Dios mío! Ciertamente, señor, si se trata de eso, debo calcular de nuevo; creo que no tuve en cuenta un pequeño sumando, señor.


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