Moby Dick
Moby Dick ComenzĂł a vestirse por arriba, colocándose su sombrero de castor, uno muy alto, por cierto, y despuĂ©s —todavĂa sin sus pantalones— buscĂł las botas. Por quĂ© demonios lo hizo no puedo decirlo, pero su movimiento siguiente —con las botas en la mano y el sombrero puesto— fue el de empotrarse bajo la cama; momento en el que, de los diversos jadeos y tirones, inferĂ que se esforzaba en la dura tarea de calzarse las botas; bien que, por ninguna ley de urbanidad que yo haya escuchado, se le requiera a un hombre privacidad al ponerse las botas. Pero Queequeg, ya veis, era una criatura en estado de transiciĂłn… Ni larva, ni mariposa. Estaba sĂłlo civilizado lo suficiente para mostrar su foraneidad de la manera más extraña posible. Su educaciĂłn todavĂa no se habĂa completado. Era un escolar. Si no hubiera estado civilizado en leve grado, probablemente en modo alguno se habrĂa molestado en llevar botas; pero a la vez, si no hubiera sido todavĂa un salvaje, nunca se le habrĂa pasado por la cabeza meterse debajo de la cama para ponĂ©rselas. Finalmente emergiĂł con su sombrero muy abollado y aplastado sobre los ojos, y comenzĂł a crujir y a cojear por la habitaciĂłn, como si, al no estar muy acostumbrado a llevar botas, su par de piel de vaca, hĂşmedas y arrugadas —probablemente tampoco precisamente hechas a medida—, más bien le apretaran y molestaran al primer uso de una gĂ©lida mañana.