Moby Dick
Moby Dick —¡Pobre trotamundos!, ¿nunca acabaréis todo este agotador deambular?, ¿dónde vais ahora? Mas si las corrientes os llevan a esas dulces Antillas donde las playas sólo son batidas por nenúfares, ¿haréis un pequeño encargo para mÃ? Buscad a un tal Pip, que lleva mucho tiempo perdido: creo que está en esas lejanas Antillas. Si le encontráis, consoladle; ya que debe estar muy triste; pues, ¡mirad!, se ha dejado la pandereta… yo la encontré. ¡Rig-o-tán, tan, tan! Ahora, Queequeg, morÃos; y os tocaré vuestra marcha fúnebre.
—He escuchado —murmuró Starbuck, mirando abajo del escotillón— que, bajo fiebres violentas, hombres que eran todo ignorancia han hablado lenguas ancestrales; y que cuando se sondea el misterio, siempre resulta que en su niñez, totalmente olvidada, esas ancestrales lenguas han sido realmente habladas en su presencia por algunos distinguidos eruditos. AsÃ, por mi estimada fe que el pobre Pip, en esta extraña dulzura de su desvarÃo, trae celestiales comprobantes de todos nuestros celestiales hogares. ¿Dónde, si no, aprendió eso?… ¡Escuchad!, habla de nuevo; aunque más singularmente ahora.