Moby Dick
Moby Dick Al buscar, se encontró que los toneles introducidos los últimos en la bodega estaban perfectamente estancos, y que la fuga debía estar más al fondo. Así que, como el tiempo estaba en calma, desarrumaron más y más en profundidad, alterando el sueño de los enormes barriles del fondo; y subiendo esas gigantes moles desde aquella negra medianoche hasta la luz del día. A tanta profundidad llegaron; y tan viejo y corroído y descompuesto era el aspecto de las pipas más inferiores, que casi buscabas a continuación algún mohoso cofre de piedra que contuviera monedas del capitán Noé, con copias de los carteles distribuidos advirtiendo vanamente del Diluvio al presuntuoso mundo antiguo. Así fueron izados, tonel tras tonel, de agua, y de pan, y de buey, y conjuntos de duelas, y haces de aros de hierro, hasta que finalmente resultaba difícil pasar por la apilada cubierta; y el casco hueco resonaba bajo los pies como si estuvieras pisando sobre catacumbas vacías, y se bamboleaba y oscilaba en el mar como una damajuana llena de aire. Pesado de sesera estaba el barco, lo mismo que un estudiante sin cenar y con todo Aristóteles en la cabeza. Bueno fue que los tifones no lo visitaran entonces.
Ahora bien, sucedió en este momento que mi pobre compañero pagano y amigo íntimo del alma, Queequeg, resultó aquejado de unas fiebres que le llevaron cerca de su infinito fin.
