Omu
Omu Tan imprevista y repentina había sido mi huida, tan excitado me había sentido en todo su curso, y tan grande era el contraste entre el sosiego lujuriante del valle y el estruendo y el movimiento salvaje de un barco en alta mar que a veces mis aventuras recientes tenían el aire extraño de un sueño, y apenas si podía creer que el mismo sol que en esos momentos se ponía sobre la vastedad de las aguas se hubiese alzado, esa misma mañana, por encima de las montañas para atisbarme mientras estaba yo tendido sobre mi jergón en Taipí.
Cuando bajaba a los camarotes justo a la caída del sol, me llevaron a una desvencijada «litera» o cama instalada encima de otra. El extremo destartalado de ambas estaba medio cubierto con varios trozos de manta. Entonces me alcanzaron un vaso de hojalata abollado que contenía más o menos media pinta de «té», que así se llamaba al brebaje por gentileza, pues si el jugo de aquellos palos que se encontraban flotando allí merecía tal denominación, es asunto que los patrones de barcos tendrán que zanjar con su propia conciencia. También me alcanzaron un cubo de cecina sobre una dura galleta redonda a modo de plato, y sin más tomé esa comida, cuyo sabor salado, después del régimen del valle —digno del vegetariano Nabucodonosor— me resultaba decididamente delicioso.