Omu

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Vista desde el mar, la perspectiva es magnífica. Es una masa de matices distintos de verde, desde la playa hasta la cima de la montaña, que diverge hasta el infinito formando valles, lomas, hoyas y cascadas. Sobre las colinas, aquí y allá, los montes más altos proyectan sus sombras hasta lo más hondo de los valles, en cuyas cabeceras las cascadas centellean a la luz del sol como si cayesen a través de torres de verdor. El hechizo que flota en cada rincón impregna el paisaje de modo que aquello parece un mundo encantado, todo frescura y flores, recién salido de la mano del Creador.

De cerca, el cuadro no pierde el menor atractivo. No es exagerado decir que, para un europeo de cierta sensibilidad que por primera vez recorre esos valles —lejos de las viviendas de los nativos—, el sosiego inefable y la belleza del paisaje son tan impresionantes que cada objeto le parece algo visto en un sueño, y por un tiempo casi se niega a creer que en escenarios como ése pueda llevarse una existencia corriente. No es extraño que un francés llamara Nueva Citerea a la isla. «A menudo —dice De Bougainville— pensé que estaba recorriendo el Jardín del Edén.»




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