Omu
Omu —¡Qué es esto! ¿Qué están diciendo? —gritó en cuanto se produjo un silencio—. ¿Quién les ha dicho que hablen todos a la vez? Usted, el hombre del cuchillo, a ver si le saca un ojo a alguien, ¿me ha oÃdo, señor? Al parecer, usted tiene mucho que decir. ¿Quién es usted? ¿Dónde embarcó usted?
—No soy ni más ni menos que un maldito raquero12 —respondió Salem, y al mismo tiempo dio un paso adelante, con una mirada de pirata— y, si usted quiere saberlo, me embarqué en las Islas hace unos cuatro meses.
—¿Hace sólo cuatro meses? ¿Y resulta que tiene más que decir que los hombres que han estado a bordo durante todo el viaje? —El cónsul hizo un intento de mostrarse furioso, pero fracasó—. No quiero oÃr nada más de usted, señor. ¿Dónde está ese hombre respetable, de cabellos grises, el tonelero? Él debe ser el que responda a mis preguntas.
—No hay nadie respetable de pelo gris a bordo —replicó Salem—, ¡todos somos una panda de amotinados y piratas!
Durante todo ese rato, el maestre conservó la calma, y Wilson, que estaba desconcertado por completo y no sabÃa qué hacer, lo cogió del brazo y ambos caminaron por la cubierta. Cuando volvieron junto a la escotilla de la cámara, después de aquel aparte, el cónsul se dirigió con tono abrupto a los marineros, sin tomar en cuenta lo que acababa de ocurrir.