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—No tengo nada más que decirles, marineros, ya he tomado mis medidas. Vayan abajo, que es el sitio que les corresponde. No toleraré la menor insolencia. —Y con un estremecimiento Wilson se dio prisa para bajar al bote en medio de una lluvia de maldiciones.

Poco después de la partida del cónsul, el maestre ordenó al cocinero y al camarero que bajaran a su bote, dijo que iría a ver cómo estaba el capitán y, como antes, nos dejó a las órdenes de Bembo.

En esos momentos el barco estaba en calma, bastante cerca de la costa (hacia donde nos habíamos vuelto a mover), mientras la vela mayor golpeaba el palo a cada cabeceo.

La partida del cónsul y la de Jermin fueron seguidas por una escena absolutamente indescriptible. Los marineros corrían por cubierta como locos; entre tanto, Bembo, solo, apoyado en el coronamiento, fumando su bárbara pipa de piedra, en ningún momento intervino.




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