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El tonelero, que por la mañana se había permitido entrar en una corriente de altísima temperatura, hizo todo lo posible para recuperar el favor de la tripulación. «Sin distinción de partido», pidió a todos que se acercaran para compartir el contenido de su frasca. Pero estaba muy claro que, antes de ofrecerse a intoxicar a los demás, había tomado la sensata precaución de alegrarse lo suyo el gaznate. Así llegó a estar, una vez más, feliz con el afecto de sus compañeros que, todos a una, lo proclamaron digno de confianza hasta la sobrequilla.

El pisco no tardó en actuar, y sólo con un esfuerzo muy grande conseguimos evitar que un grupo corriera a la bodega de popa para traer más.

Hubo toda clase de agudezas.

—¡Eh, el del palo! ¿Qué ves? —bramó Beldad, al tiempo que miraba la galleta del mástil a través de un enorme tubo de cobre.

—¡Preparados para desplegar los estays! —rugió Jack el Rayo, que con el hacha del cocinero aflojó los cables del estay mayor.

—¡Cuidado con la borrasca! —chilló Antone, el portugués, y arrojó un punzón por el tragaluz de la cámara.

—¡A izar por todas partes y alegremente, tíos! —canturreó Bob el de la Armada, y se puso a bailar sobre el castillo de proa.


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