Omu
Omu Más que nunca deploraba en ese momento mi situación, pero eran inútiles los lamentos y no podÃa echarme nada en cara. Por fin me sentà adormilado, me preparé una cama con el chaquetón debajo del cabrestante, y traté de olvidarme de mà mismo.
No puedo decir cuánto tiempo estuve tumbado, pero cuando me levanté lo primero que vi fue a Bembo al timón. Su figura sombrÃa se elevaba y bajaba, con el balanceo lento del barco, destacada contra el cielo cubierto de estrellas. ParecÃa dominado por la impaciencia y por la expectativa, erguido, con los brazos rectos hasta las cabillas, un pie adelantado y la cabeza descubierta inclinada hacia delante. Desde donde yo estaba no podÃa ver al vigÃa, y nadie más habÃa por allÃ: la cubierta solitaria y las grandes velas blancas brillaban bajo la luz de la luna.
En ese instante, un sonido de rompientes que iba en aumento llegó a mis oÃdos, y tuve una especie de conciencia vaga de que lo habÃa escuchado antes. Justo delante, y tan cerca que mi corazón se paralizó, se veÃa una larga lÃnea de grandes olas palpitantes coronadas de espuma. Era el arrecife de coral que rodeaba la isla. Detrás, y casi proyectando su sombra en cubierta, estaban las montañas dormidas, sobre cuyas cumbres brumosas despuntaba el alba gris. La brisa era más fuerte, y con un curso estable, sin obstáculos, nos dirigÃamos en lÃnea recta hacia el arrecife.