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En cuanto a Bembo, se nos dijo que, después de ponerle grilletes dobles, el maestre lo había encerrado en el camarote del capitán, con la precaución adicional de dejar cerrada la escotilla de la cámara. De ese momento en adelante no volvimos a ver al maorí, una circunstancia que se explicará por sí misma en el curso del relato.

Llegó el mediodía y del cónsul nada. A medida que avanzaba la tarde sin siquiera una palabra de la playa, aumentaba con razón la rabia del maestre, y con más razón aún porque se estaba esforzando mucho para estar completamente sobrio a la llegada de Wilson.

Dos o tres horas antes de la puesta del sol, una pequeña goleta salió del puerto, y se dirigió hacia la vecina isla de Imeeo o Morea, que estaba bien a la vista, a unas quince millas de distancia. El viento era escaso, y la corriente la arrastró hasta nuestra proa, y así entrevimos a los nativos que iban en sus cubiertas.






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