Omu

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En la rutina ordinaria del deber, no podíamos sino quedarnos perplejos ante el comportamiento apático, descuidado de estos hombres. No había en sus movimientos nada de la vivacidad de su nación; nada de la precisión veloz que se percibe en la cubierta de un buque de guerra bien disciplinado.

Sin embargo, cuando conocimos la razón, todo esto dejó de ser motivo de sorpresa: las tres cuartas partes de ellos estaban allí obligados. Algunos antiguos marineros de buques mercantes habían sido reclutados el mismo día en que habían desembarcado tras largos viajes; en cambio, los hombres de tierra, que eran varios, se habían visto conducidos en rebaños desde el interior de su país y enviados a la mar.

Por entonces me asombró sobremanera saber de la existencia de grupos de leva en tiempos de cierta paz; pero esta anomalía se explica porque, desde hacía mucho, los franceses estaban formando una gran armada militar, para ocupar el espacio de la que Nelson entregó a las olas marinas en Trafalgar. Pero es de esperar que no estén fabricando sus naves para invadir al pueblo que está al otro lado del canal. ¡En caso de guerra, cuál no sería el flamear de las enseñas francesas!

Aunque afirmo que los franceses no son marinos, nada más lejos de mí que subestimarlos como pueblo, pues son una nación ingeniosa y muy gallarda y, como americano, tengo a gala aseverarlo.


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