Omu
Omu Era, en términos generales, un hombre que había visto mundo. Del modo más natural que imaginar se pueda, podía referirse a un amorío que había tenido en Palermo, a cómo antes de desayunar entre los cafres había cazado a un león, y a la calidad del café que se tomaba en Muscat, y sobre estos lugares, y cientos de otros más, tenía más anécdotas que las que yo puedo referir. Después estaban aquellas viejas canciones dulces que cantaba, con una voz plena y chispeante, que era la esencia misma de la sonoridad. La forma en que salían esas notas de su descarnado cuerpo era motivo de constante maravilla.
En conjunto, Fantasma Largo era el compañero más divertido dentro de lo posible y para mí, en el Julia, un verdadero enviado de la divinidad.