Omu
Omu Y por cierto que se presentó el Filástica con un cubo de madera de la horrible galleta del Julia. Con una sonrisa, nos dijo que era un regalo de Wilson; era todo lo que recibiríamos ese día. Se alzó un tremendo griterío, y fue una suerte para el marinero bisoño que tuviese un par de piernas y que los hombres no pudiesen utilizar las propias. De común acuerdo, resolvimos no tocar el pan, sucediera lo que sucediese, y así se lo dijimos a los nativos.
De la galleta marinera —cuanto más dura, mejor— todos ellos eran entusiastas hasta la extravagancia, de modo que se mostraron jubilosos, y ofrecieron darnos, todos los días, una pequeña cantidad de fruto del pan cocido y nabos indios a cambio de ella. Aceptamos el trato, y después, cada mañana, cuando llegaba el cubo, su contenido se entregaba de inmediato a Bob y a sus amigos, que no dejaban de masticar hasta que caía la noche.
Una vez terminada nuestra muy frugal comida de fruto del pan, el Capitán Bob se acercó a nosotros balanceándose con un par de largos palos enganchados en un extremo y varios cestos grandes de palmas entretejidas.