Omu
Omu No muy lejos había un amplio bosque de naranjos en pleno fruto, y yo y otro fuimos elegidos para ir con él y juntar naranjas para todos. Cuando nos movimos entre los árboles, el esplendor de aquel huerto me impresionó más que cualquier otra cosa que jamás hubiera visto, al mismo tiempo que el aroma desprendido de las ramas que ondulaban con gracia regaló nuestros sentidos con su absoluta delicia.
En muchos puntos los árboles proyectaban una sombra densa, abiertos en una oscura y rumorosa bóveda cuyas aristas eran ramas, salpicadas aquí y allí con los globos maduros, que parecían esferas doradas. En varios sitios las ramas sobrecargadas caían hasta el suelo, ocultando los troncos como con una tienda de follaje. Cuando nos adentramos en el bosque, lo único que veíamos eran naranjas por todas partes.
Para impedir que las frutas se golpearan, Bob enganchaba las ramas con un palo y dejaba caer las naranjas en su cesto. Pero nosotros no le imitamos. Sacudimos una rama, y así hicimos caer a tierra tal lluvia, que nuestro viejo amigo salió a la carrera. Sin hacer caso de sus reproches, nos tendimos a la sombra, para darnos un buen hartazgo con toda alegría. Después llenamos los cestos, volvimos junto a nuestros compañeros, quienes saludaron nuestra llegada con retumbantes aplausos y, en un espacio increíblemente breve, de las naranjas que habíamos llevado no quedaron sino las cáscaras.