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Después de establecer el que se llamó Protectorado, el contraalmirante zarpó tras nombrar gobernador a Bruat, a quien secundaban Reine y Carpegna, un par de civiles miembros del Consejo de Gobierno, y el cónsul Merenhout, convertido en Comisionado real. Sin embargo, no se desembarcaron soldados hasta varios meses más tarde. Personalmente, Reine y Carpegna no eran mal vistos por los nativos, pero Bruat y Merenhout les producían un amargo rechazo. En varias entrevistas con la pobre reina, el insensible gobernador trató de amedrentarla para que accediera a sus demandas: golpeaba su espada con la mano, sacudía el puño ante la cara de la reina y soltaba juramentos vehementes. «Oh, rey de una gran nación —decía Pomarea en la carta que dirigió a Luis Felipe—, llévate de aquí a este hombre. Ni yo ni mi pueblo podemos soportar sus maldades. Es un hombre que no tiene vergüenza.»









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