Omu

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Las provisiones del Julia eran muy escasas. Cuando se abrieron, los barriles de carne de cerdo tenían el aspecto de una conserva en herrumbre, y olían a guiso podrido. La carne de vaca estaba aún peor: una sustancia fibrosa de color caoba, tan dura y desabrida que casi creí lo que contaba el cocinero sobre haber encontrado un casco de caballo con su herradura en la salmuera de una de las cubas. Tampoco estaban mucho mejor las galletas: casi todas se habían roto en pedazos pequeños, duros como el pedernal, agujereados de parte a parte, como si los gusanos que por lo común plagan las galletas en los prolongados viajes por zonas tropicales, aburridos después de haberse alimentado, hubiesen salido por los antípodas sin encontrar nada.

De lo que los marineros llaman «pertrechos menores» poco teníamos. En cambio, había «té» en abundancia, aunque me atrevería a decir que los mercaderes chinos nunca se habían ocupado de ese cargamento. Además de esto, día por medio teníamos lo que los marinos ingleses llaman

«sopa de perdigones»: grandes guisantes redondos, que se pulimentaban como cantos rodados moviéndose a través de un agua tibia.

Mucho después me dijeron que los patrones habían comprado todas nuestras provisiones en una subasta de depósitos marinos clausurados en Sydney.


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