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Poco después del enfrentamiento de Hararparpi, tres franceses fueron atacados en un paso de montaña y asesinados por los furiosos nativos. Uno de ellos era Lefevre, un conocido granuja y espía, al que Bruat había enviado para que llevase a un tal mayor Fergus (del que se decía era polaco) hasta el escondrijo de cuatro jefes a los que el gobernador se proponía capturar y ejecutar. Esta circunstancia enardeció al máximo la hostilidad de ambas partes.

Por entonces, el corrupto jefe Kitoti, instrumento ciego de Bruat, recibió del francés la sugerencia de ofrecer en el Valle de Pari una gran fiesta para todos sus compatriotas. El plan del gobernador consistía en obtener todo lo que más beneficiara sus intereses, de modo que proporcionó abundante vino y brandy, y la consecuencia natural fue una escena de bestial ebriedad. Sin embargo, antes de llegar hasta este extremo, los isleños pronunciaron varios discursos. Una de esas arengas —toda una pieza emblemática— se oyó de labios de un guerrero de cierta edad, que en tiempos había sido jefe de la conocida Sociedad Aeorai.

—Esta fiesta —dijo el viejo, tambaleándose— es magnífica, y también el vino es muy bueno, pero vosotros, malignos uiui (franceses) y vosotros, tahitianos de corazón falso, sois todos muy malos.


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