Omu
Omu LA VIDA EN LA CALABUZA
Pasaron unos pocos días y, al fin, nuestra docilidad se vio premiada con cierta indulgencia por parte del Capitán Bob.
Permitió que todo el grupo estuviera en libertad durante el día, sólo con la recomendación estricta de mantenernos siempre al alcance de su voz. Esto, desde luego, representaba una desobediencia categórica a las órdenes de Wilson; por consiguiente, había que cuidarse de que él llegara a saberlo. No era de temer que los nativos se lo dijeran, pero podían hacerlo los forasteros que viajaran por la Carretera de la Escoba. Como precaución, se apostaron algunos muchachos, a modo de observadores, a lo largo del camino. Cuando veían a un hombre blanco, hacían sonar la alarma, y cuando todos nosotros estábamos acomodados en los respectivos agujeros (los cepos quedaban abiertos para este fin), bajaba la tabla superior, y quedábamos presos. En cuanto el viajero desaparecía de la vista, nos liberaban.
