Omu

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Al cabo de una o dos horas, Jack el Rayo me hizo reparar en mi larguirucho amigo, que después de la partida del chico de las medicinas había pasado inadvertido hasta ese momento. Con los ojos cerrados, estaba tendido detrás del cepo, y Jack le levantaba el brazo y lo dejaba caer como si fuera un miembro muerto. Otro tanto ocurría con las otras extremidades, y por lo tanto relacioné este fenómeno con la misteriosa redoma. Busqué en su bolsillo, la encontré, y al examinarla comprobé que se trataba de láudano. Jack me la arrancó de la mano con viveza y de inmediato informó a los presentes de qué se trataba; con gran regocijo, propuso que todos echásemos un sueñecito. Algunos no comprendieron con exactitud lo que se decía, y Jack el Rayo hizo rodar al aparentemente extinto Fantasma —tan inmóvil que tuve dudas acerca de lo genuino de su sueño— a modo de ilustración de las virtudes del contenido de la redoma. La idea hizo gracia a todos y no poca: todos se tumbaron y la pócima mágica pasó de mano en mano. Convencidos de que inevitablemente debían caer de inmediato en la inconsciencia, cada uno de los hombres, después de beber un sorbo, se echó de espaldas y cerró los ojos.





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