Omu
Omu —¡Silencio, señor! —dijo Wilson, que pretendía producir una impresión de dignidad con aquella ridícula exhibición, y se sintió bastante mortificado por la franqueza del viejo marinero.
Se produjo entonces una pausa, durante la cual el grupo de jueces se comunicó con el capitán Guy en voz baja, y los marineros trataron de adivinar por qué razón había tomado esas declaraciones el cónsul.
La idea general parecía ser que se había hecho para «devolvernos» a la sumisión, o asustarnos para que nos sometiésemos. Así era, en efecto: Wilson se puso en pie y se dirigió a nosotros como sigue.
—Ya ven, señores, que se han hecho todas las diligencias para enviarlos a Sydney y juzgarlos allí. La Rosa —una pequeña goleta australiana amarrada en el puerto— zarpará para esa ciudad dentro de diez días, a más tardar. El Julia parte de hoy en una semana. ¿Aún se niegan a trabajar en su barco?
Nos negamos.
Entonces el cónsul y el capitán intercambiaron una mirada, y el segundo mostró un amargo desencanto.
En ese momento advertí que Guy me estaba mirando, y por primera vez habló: me pidió que me acercase. Lo hice.
—¿No eras tú el que rescatamos de las islas?
—Sí, señor.