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El tonelero y los que habían permanecido en el barco desde el primer momento integraron, por supuesto, la nueva tripulación del Julia. Para dar cuenta de la conducta que durante todo ese tiempo habían observado el cónsul y el capitán al tratar de quebrantar nuestra decisión respecto al barco, cuanto se necesita saber es lo siguiente: además de un adelanto de entre quince y veinticinco dólares pedido por cada uno de los marineros embarcados en Tahití, por cada hombre alistado de esta manera se debía pagar una suma adicional a modo de tasa portuaria. Además, los tripulantes —con alguna que otra excepción— se embarcaban para una sola travesía, lo que los autorizaba a darse de baja antes de que la nave volviera a su tierra, lo que en tales circunstancias obligaría a buscar otros hombres, con un costo similar. Pues bien, la caja del Julia estaba muy baja de fondos, o más bien vacía, y para hacer frente a esos gastos gran parte del poco aceite que había a bordo se tuvo que vender por una bicoca a un comerciante de Papeete.

Fue un domingo, en Tahití, y hacía una mañana gloriosa, cuando el Capitán Bob se acercó contoneándose a la Calabuza, y nos sorprendió con un anuncio.

—Ah, muchacho, barco tuyo harrí, soltar vela.

En otras palabras, el Julia había zarpado.


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