Omu
Omu UNA ESCENA EN EL CASTILLO DE PROA
Apenas si había pasado yo veinticuatro horas a bordo del barco, cuando se produjo una circunstancia que, aunque para nada pintoresca, es tan significativa del estado de las cosas que no puedo dejar de narrarla.
Sin embargo, en primer lugar ha de saberse que entre los tripulantes había un hombre tan excesivamente feo que se le aplicaba el mote irónico de «Beldad». Era el carpintero del barco, y por esa razón a veces se le conocía por su sobrenombre náutico de «El Astillas». No tenía el hombre ninguna deformidad definida: era simétricamente feo. Pero además de estar muy poco favorecido en su físico, Beldad no era menos feo de temperamento, aunque nadie podía reprocharle nada, pues su aspecto le había amargado el corazón. Jermin y Beldad, además, siempre estaban como perro y gato. En realidad, el segundo era el único hombre del barco al que el maestre nunca había superado, y de ello se derivaba el rencor que hacia él sentía. Por su parte, Beldad se ufanaba de hablarle claro al maestre, como pronto veremos.
Al anochecer había que hacer algo en cubierta, y el carpintero, que estaba de guardia, no aparecía.
—¿Dónde está ese gandul del Astillas? —gritó Jermin por la escotilla del castillo de proa.
