Omu

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Fue una entrevista emotiva, y tras ella nuestra relación se disolvió. Pero la tristeza subsiguiente pronto se habría disipado, si mi sensibilidad no se hubiese visto herida por la forma poco delicada en que, inmediatamente después de transferir su aprecio, hizo alarde de algunos de mis regalos. Casi no pasaba un día sin que me lo encontrara en la Carretera de la Escoba pavoneándose con una camisa de tela regatta que yo le había regalado en horas más felices.

Además, se paseaba con un porte de lo más campante, me miraba a los ojos con ufanía, y tan sólo pronunciaba un frío saludo formal, Señoría, bonyú, el equivalente del «¿cómo estás?» que se dice por la calle a cualquiera. Después de varias experiencias como ésta, empecé a sentir una suerte de respeto por Kulú, y a verle como un hombre de mundo. Y en verdad que resultó serlo, porque, al cabo de una semana, me dio la estocada final: pasaba a mi lado sin siquiera hacer un saludo con la cabeza. Debía de tomarme por un elemento integrante del paisaje.

Antes de que los baúles quedaran vacíos por completo, hicimos en el arroyo una gran colada con nuestras mejores ropas, con la idea de adecentarnos y visitar la capilla europea del pueblo. Todos los domingos por la mañana se abre para el servicio divino, y algunos miembros de la misión son los que ofician. Ésa fue la primera vez que entramos en Papeete sin escolta.


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