Omu
Omu Dicho y hecho: olvidada toda prudencia, Jermin se plantó allá, y por una especie de instinto ya había agarrado a su hombre por el pescuezo antes de llegar a verlo bien. Uno de los marineros quiso saltar sobre el maestre, pero los demás lo detuvieron, mientras aseguraban que querían juego limpio.
—Ahora ven a cubierta —gritó el maestre, luchando lo mejor que podía para sujetar al carpintero.
—Tú llévame allí —fue la respuesta obstinada, y Beldad se revolvió en el nervudo abrazo del otro, como si su estatura fuera de un par de yardas de boa constrictor.
Su atacante decidió hacer de él un atado compacto, para poder transportarlo con mayor facilidad. En tanto Jermin se ocupaba en ello, Beldad consiguió liberar sus brazos y arrojó hacia atrás al maestre, que se recuperó de inmediato. Por unos momentos se agitaron en todas direcciones, se arrastraron el uno al otro, se golpearon la cabeza contra los maderos salientes y se devolvieron los golpes en cada una de las ocasiones que se les presentó. Infortunadamente, al fin Jermin resbaló y cayó; su adversario se le sentó encima del pecho y así lo retuvo, aprisionado. Era una de esas situaciones en que la voz de la sensatez, o de la reprimenda, adquiere especial unción. Y Beldad no desperdició la ocasión, pero el maestre no replicó nada, como no fuera echar espumarajos por la boca y luchar para ponerse en pie.