Omu

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Farnou era un viejo nativo retirado poco antes de la vida activa, tras despedirse de su desempeño de algo así como lacayo de a pie de la reina, que se había instalado en un cómodo y pequeño refugio, a menos de tres yardas de la casa del Capitán Bob. La elección de nuestra vecindad como sitio de residencia pudo tener alguna relación con las ventajas que le ofrecía a la hora de presentar a sus tres hijas en círculos refinados. De cualquier modo, nada reacias a aceptar las atenciones de pretendientes tan entregados como el doctor, las hermanas (fieles cristianas, se debe recordar) tuvieron la gentileza de otorgarle la autorización de visitarlas en términos sociales cuantas veces quisiera él.

Nos acercamos una tarde, y encontramos a las señoritas en su casa. Mi larguirucho amigo inició con las dos jóvenes menores, sus favoritas, una partida del juego del «ahora», que consistía en buscar una piedra debajo de tres pilas de tappa. Por mi parte, me senté sobre una estera con Ideea, la mayor, que coqueteaba con su abanico de hojas y me ayudaba a perfeccionar mis conocimientos de tahitiano.

La oportunidad se adaptaba a la perfección a mi intento, de modo que puse manos a la obra.

—Ah, Ideea, mikonari oi? — lo que vale decir: «Dicho sea de paso, Ideea, ¿usted pertenece a la Iglesia?».

—Sí, mí mikonari —fue su respuesta.


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