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El viejo Bob llamaba a esos hombres kannakippers, una derivación, me figuro, de nuestra palabra policía. Además, les guardaba un serio rencor. Un día, al acercarse a su casa, vio que dos de ellos le estaban haciendo una visita a domicilio. Bob se ocultó tras un arbusto y, cuando esos hombres pasaron a su lado, dos grandes frutos del pan verdes, arrojados por una mano invisible, les dieron en mitad de la espalda. Los marineros de Calabuza, y también varios nativos, presenciaron la escena, y cuando los intrusos se perdieron de vista, aplaudieron el valor del Capitán Bob con una intensidad sin mesura, a la que con toda vehemencia se plegaron las damas allí presentes. Por cierto que los kannakippers no tenían mayor enemigo que las señoras, y no es extraño: esos impertinentes villanos se dejan caer por sus casas a cualquier hora, y no dejan de entrometerse en sus pecadillos.

Kulú, que a veces se mostraba como un patriota reflexivo que sufría por los males de su tierra, a menudo arremetía contra la norma por la que un completo desconocido tenía derecho a interferir en los asuntos domésticos. También él —bastante mujeriego— a menudo se había visto importunado de esa manera, y consideraba que los kannakippers eran un fastidio.



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