Omu
Omu Las perspectivas son nulas. Ahora, ni siquiera los esfuerzos máximos pueden evitar que los isleños sean una perfecta ilustración de un principio que siempre se ha presentado a lo largo de la historia. Hace años ya, llegaron a una situación inamovible, en la que se sumó todo lo que es corrupto tanto en la barbarie como en la civilización para excluir las virtudes de ambos campos; como otros seres incivilizados, tras el contacto con los europeos deben permanecer en estado estacionario hasta su extinción total.
Los propios isleños, abrumados, asisten a su condena.
Hace varios años, Pomaré II dijo a Tyerman y Bennet, los diputados de la Sociedad Misionera de Londres: «Han venido a verme en tiempos muy malos. Sus antepasados llegaron en las épocas de los hombres, cuando Tahití estaba habitada; ustedes llegan para ver sólo los restos de mi pueblo».
De igual trascendencia fue la predicción de Tiarmoar, el sumo sacerdote de Paré, que vivió hace un siglo. A menudo he oído cómo la canturreaban los viejos tahitianos en un tono triste y apagado:
A hará ta fou,
A toro ta farraro,
A mou ta tararta.
Las palmeras crecerán,