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La noche de nuestra llegada, el maestre y el maorí debían hacer «guardia y guardia», es decir, relevarse cada cuatro horas; la tripulación, como se acostumbra cuando el barco está anclado, tenía permiso para quedarse abajo toda la noche. Sin embargo, en este caso, el motivo principal de este procedimiento estaba en la desconfianza hacia los hombres. Era seguro que podía producirse algún intento de deserción y, por lo tanto, cuando llegó la hora de la primera guardia de Jermin, con las ocho campanadas (medianoche) —momentos en que todo estaba en calma—, el maestre subió a cubierta con una botella de alcohol en una mano y con la otra preparada para atacar al primero que se asomara por la escotilla del castillo de proa.

Dispuesto así, sin duda pensaba permanecer despierto: no obstante, no tardó en quedarse dormido, e incluso durmió tan a gusto que los hombres que esa noche nos abandonaron quizá lo hicieron tras despertarse con los ronquidos del maestre. Porque así era; el hombre roncaba de un modo extraño, lo que no era raro con esas napias corvas que tenía. Cuando se despertó apenas alboreaba, pero esa luz bastaba para advertir que habían desaparecido dos botes del lado de la nave. Al instante supo qué había ocurrido.



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