Omu

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Sacó al maorí de entre los pliegues de una vela vieja, donde estaba durmiendo, le ordenó que preparase otro bote, y se precipitó hacia la cámara para dar las nuevas al capitán. Volvió a cubierta de prisa, y bajó al castillo de proa en busca de un par de remeros, pero casi no había llegado cuando se oyó un grito y el chasquido de algo que caía al agua a un lado del barco. Se trataba del maorí y del bote, al que el hombre había saltado para despejarlo, que daban vueltas y vueltas en el agua.

Al anochecer se había alzado el bote hasta su posición por encima de la aleta de estribor, y alguien había cortado los cabos que lo mantenían en su sitio, a fin de que un esfuerzo moderado los terminara de romper. El peso de Bembo había llevado a su fin el proceso, y así fue como se demostró que los desertores conocían muy bien cuánto lastre podía aguantar hasta la menor fibra de cáñamo. Aún quedaba otro bote, pero lo mejor era inspeccionarlo antes de bajarlo. Y fue una cosa muy bien hecha, porque había en el fondo un agujero tan grande como para arrojar un barril por él: un barreno despiadado.




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