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Jermin estaba frenético. Tiró la gorra a cubierta, y estaba a punto de zambullirse para ir a nado hasta la corbeta en busca de un cúter, cuando apareció el capitán Guy y le pidió que se quedara donde estaba. En tanto, el oficial de cubierta de la nave francesa había advertido nuestros movimientos, y preguntaba qué había ocurrido. Guy le informó a través de su megáfono, y de inmediato se le prometió que varios hombres saldrían en persecución. Se oyeron el silbato de un contramaestre, una o dos órdenes, y a continuación un gran cúter se desprendió de la popa de la corbeta y en media docena de golpes de remo estuvo a nuestro lado. El maestre saltó dentro, y la embarcación se dirigió rápidamente a la playa.

Otro cúter, con tripulantes armados, le siguió de inmediato.

Al cabo de una hora regresó el primero, remolcando los dos botes balleneros, que se habían encontrado boca abajo como focas sobre la arena.

Se hizo el mediodía y nada se supo de los desertores. Entre tanto, el doctor Fantasma Largo y yo nos paseamos por el barco, ahondando nuestra relación y observando el lugar. En la bahía reinaba una calma muerta; el sol estaba alto y fuerte y de cuando en cuando una canoa que aún se deslizaba surgía desde detrás de un promontorio, y se disparaba a través de las aguas.


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